Estaba haciendo un ejercicio mental, preparando a las neuronas para aquellos momentos complicados en los que la memoria te falla y no sabes como salir del atolladero. Intentaba recordar el último escándalo de dopaje de la Liga ACB, algo que no es muy común (salvo los precedentes más recientes: el positivo de Juan Dixon por nandrolona y el castigo de Unicaja al norteamericano y, como olvidarlo, aquel amago de sanción a un pobre Albert Oliver que solamente quería cuidar su cabellera). Gracias a Pablo Malo de Molina (quien sino) llegamos al dato: temporada 97/98, con Unicaja cortando a Jens-Uwe Gordon y a Lou Roe por fumetas. Desde entonces, la ACB ha gozado de una limpieza absoluta en lo referente a las sustancias dopantes en un país en el que Gurpegui o la “Operación Puerto” han llenado páginas y más páginas.

Algún friki le recordará de sus etapas en Málaga y Las Palmas
En comparación con este registro, el aficionado medio hace referencia a la situación que se vive al otro lado del charco, sobretodo en el mundo NBA. Las historias sobre el dopaje de las grandes superestrellas (el mito de que en Barcelona ’92 ni siquiera se sometían a controles ya se ha hecho real por pura repetición) siguen presentes, pero no podemos negar que allí se consumen miles de sustancias que aceleran recuperaciones, quitan catarros en cuestión de horas y dejan a los jugadores como nuevos, capaces de aguantar otros 82 partidos si fuese necesario. Sobre estos temas se habló hace poco en el MIT Sloan Sports Analytics, un congreso montado por el centro de investigación más importante del mundo (el MIT, que no el NIT ahora que estamos en pleno “March Madness”) alrededor del mundo del deporte y que este año centró su atención en los PEDs (Performance-enhancing drugs, lease fármacos que incrementan el rendimiento).
Quizás las declaraciones más contundentes (al menos para mi) las hizo Steve Kerr, a la sazón GM de los Suns y héroe de varias finales NBA. El excelso tirador contaba que, durante su etapa como jugador, consumía Vioxx (un analgésico retirado del mercado en 2004 por efectos secundarios sobre el sistema circulatorio) porque le mejoraba el rendimiento; llegó a admitir que ciclaba las dosis dependiendo del momento de la temporada y veía que, en esos ciclos, rendía mucho mejor. No dejaba de ser un medicamento legal, sin ningún tipo de prohibición de la Liga (es como si aquí se pusieran a prohibir el Ibuprofeno, algo que ya se toma como si fuesen chuches) y que se vendía a cualquiera en los Estados Unidos. Ahora, ese tipo de tomas de medicamentos legales que actúan como si fuesen PEDs puede perjudicar a la larga: Tom Gugliotta, en su etapa en Phoenix, tenía problemas para dormir y acudió a una de estas típicas pastillas que te ahorran el contar ovejitas. Tan bien le vinieron que, combinadas con los PEDs que tomaba, casi le llevan a un sueño eterno. Creo que a nadie se le escapa que consumir una serie de sustancias artificiales a lo largo de un período importante de vida (fijaros en los 18 años que lleva Shaquille O’Neal en la Liga, por ejemplo) pueden causarte algún tipo de trastorno futuro; “pan para hoy, hambre para mañana” dicen. El caso es que, a veces, pensamos que este tipo de “dopaje” (al menos en la concepción europeísta del término podemos considerarlo así) es el peor al que podemos enfrentarnos. Nos equivocamos de lleno: la mayor amenaza para el deportista no está en las “pirulas” que se meten en la NBA. La clave de toda está historia está, paradojicamente, en la tecnología aplicada a la seguridad del deportista.
Citemos un caso concreto y muy gráfico para que todo esto encaje: si bien el número de muertes en el fútbol americano se ha reducido drásticamente si comparamos las cifras actuales con los datos correspondientes a los años previos a la aparición del casco rígido, los traumatismos craneo-encefálicos que los médicos detectan en los jugadores han ido a más. ¿Como se entiende que haya más problemas de este tipo cuando la protección de la cabeza ha ido creciendo a lo largo del tiempo? Este vídeo lo ilustra a las mil maravillas.
Los jugadores se sienten más seguros con cascos que protegen totalmente. Por ello, utilizan sus cabezas para realizar placajes más duros (que te atropelle una mole de estas es duro, pero que te den con un trozo de fibra rígido a gran velocidad duele más). Si nos vamos a pensar en términos baloncestísticos, el equivalente a esta situación lo veremos en la línea de la última innovación técnica de Nike, el FlyWire. Este tipo de tejido (que combina el uso del Vectran de la manera mas rígida y ligera posible) se hizo famoso en 2008, al lanzar al mercado la famosa Nike Hyperdunk, la deportiva más liviana de la historia de la mano de Kobe Bryant, Ronny Turiaf y un Aston Martin. Las Hyperdunk fueron madurando y se convirtieron primero en Hypermax y luego en Hyperize: la ligereza podía perderse al crecer en tamaño, por lo que se han ido reduciendo prestaciones, convirtiendo a este último modelo en una zapatilla muy básica en cuanto a amortiguación y suelas. Son prestaciones buenas, pero no las que garantizan la mayor seguridad a quien las usa.
Una de las máximas de aquellos que defienden el doping técnico (o tecnológico) es hacer referencia al carácter masivo de estos productos. Como ejemplo nos sirve el caso de los trajes que Michael Phelps usó en los últimos Juegos Olímpicos para llevarse siete oros y que, menos de un año después, ya utilizaban todos los nadadores: cuando todos tienen la misma ventaja de inicio, la ventaja desaparece. De ahí que, si unos utilizan zapatillas livianas, la tendencia será que, a la larga, la mayoría de jugadores se pase a ese modelo para sacar ventaja. El problema llega cuando se intenta sacar ventaja a costa de la propia seguridad. La última noticia relativa a este modelo ha sido una crítica de Arnie Kander, preparador físico de los Detroit Pistons, que ha “recomendado” a Will Bynum y a Ben Gordon el hacerse con deportivas mas pesadas, porque a la larga les han provocado problemas en sus tobillos. Charlie Villanueva, otro Piston que calza Hyperize, ha tirado de Twitter para plantar cara al hombre que cuida de su físico… y para darle la razón a quienes cuidan su cartera.
Lo decía Mars Blackmon: “Gotta be the shoes!”


